LA ÚLTIMA CARTA  DE DOMINGO

Por. PGD Antonio M. Singh C. Orgulloso socio del Club Rotario de David - Distrito 4240 • Zona 25A

 

Hay domingos en los que uno se sienta frente a la página en blanco con el corazón lleno… y, al mismo tiempo, con una pregunta incómoda: ¿vale la pena seguir?

Porque Rotary es servicio, sí. Pero también es humanidad. Y donde hay humanos, hay emociones: cansancio, malentendidos, egos, frustraciones, silencios que pesan y palabras que pinchan. A veces, incluso dentro de nuestros propios clubes, aparece esa sensación amarga de estar dando demasiado… y recibiendo demasiado poco a cambio.
En esos momentos, la mente se defiende con una frase que suena lógica, casi justa:

“Yo estoy aquí como voluntario… y además pago para servir. ¿Por qué tengo que aguantarme esta situación?”

Y desde esa emoción —que no es debilidad, sino honestidad— uno empieza a contemplar decisiones drásticas. No por falta de amor a Rotary, sino por el desgaste de lo cotidiano.

Hoy quiero confesarles algo: yo también estuve allí. Por un instante consideré dejar de escribir estas cartas. Pensé: “Quizá ya fue suficiente”. “Quizá no vale la pena insistir”. “Quizá no todos entienden el propósito”. Y el cansancio, cuando se mezcla con la frustración, puede parecer un argumento definitivo.

Pero hice algo que, con los años, he aprendido a valorar más que cualquier cargo: conversé. Busqué consejo. Toqué puertas. Y lo que encontré fue un espejo de Rotary en su mejor versión: compañeras y compañeros que me dijeron, con firmeza y cariño, “Sigue. No dejes que esto te apague.”

Me recordaron algo esencial: esta misión no es mía. Es de todos los que creen que Rotary puede ser mejor. Es de todos los que están construyendo clubes más humanos, más éticos y más útiles. Es de los que sirven aunque nadie aplauda. Es de los que no se rinden cuando alguien intenta hacerlos bajar la guardia.

Y por eso el título de hoy: La última Carta de Domingo. No porque vaya a ser la última, sino porque así se sintió en mi interior por un momento: como si estuviera a punto de cerrar una etapa. Y quizás tú, que me lees, también estés al borde de cerrar la tuya.

Porque hoy, algunos de ustedes pueden estar pensando en renunciar a Rotary.

No por algo grande. A veces no hace falta una tragedia: basta una frase, una mala interpretación, una reunión tensa, una crítica mal puesta, una conversación que no ocurrió, una actitud repetida… y de pronto aparece el pensamiento:

“¿Para qué sigo?”

Y es precisamente ahí donde Rotary se prueba de verdad.

En Rotary repetimos con frecuencia la Prueba Cuádruple, casi como un ritual conocido. Pero cuando llega la tensión, cuando llega el roce humano, cuando llega la frustración, es fácil olvidarla. Y sin embargo, es ahí —no en la comodidad— donde la Prueba Cuádruple se vuelve brújula:

¿Es la verdad?

¿Es equitativo para todos los interesados?

¿Creará buena voluntad y mejores amistades?

¿Será beneficioso para todos los interesados?

Si antes de hablar, criticar, señalar o tomar bando, pasáramos nuestras acciones por esa prueba, muchas pequeñas situaciones no crecerían hasta convertirse en heridas. Porque Rotary no se rompe por los grandes problemas: a veces se desgasta por los pequeños descuidos.

Pero también es cierto esto: no podemos permitir que unos pocos nos detengan.
No podemos dejar que una actitud, un comentario o una postura nos robe la alegría de servir. No podemos permitir que el desánimo sea más fuerte que nuestra vocación.

Porque si los buenos se cansan, ¿quién sostiene la luz?

Como dijo Mahatma Gandhi:
“Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena.”

En Rotary, ese silencio se parece a la renuncia silenciosa: a dejar de asistir, a dejar de proponer, a dejar de servir, a dejar de creer. Y cuando eso pasa, no gana el servicio: gana la sombra.

Por eso hoy quiero hacer un llamado simple, directo y necesario: resolvamos nuestros problemas en casa. Hablemos. Escuchemos. Tengamos la madurez rotaria de conversar antes de juzgar, de aclarar antes de acusar, de construir antes de romper. Demos oportunidad al diálogo. Busquemos soluciones internas. Seamos ejemplo.

Porque Rotary no es perfecto, pero sí puede ser ejemplar cuando actúa desde sus valores:

Compañerismo para acercarnos, no para dividirnos.

Integridad para sostener lo correcto aunque incomode.

Diversidad para aprender a convivir con diferencias sin agredirnos.
Servicio para recordar por qué estamos aquí.

Liderazgo para elevar el nivel moral y humano de nuestros clubes.

Y si hoy estás frustrado… si hoy piensas renunciar… si hoy sientes que no vale la pena, permíteme decirte algo con respeto y con cariño rotario:

No tomes decisiones permanentes por emociones temporales. Conversémoslo. Caminémoslo. Trabajémoslo. Pero no apaguemos nuestra misión por una tormenta pasajera.

Esta carta se titula La última Carta de Domingo porque así se sintió el borde. Pero también porque quería recordarme —y recordarte— que cada vez que elegimos seguir, no es por terquedad: es por propósito.

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