Por; Verónica Rodríguez Miranda
En 2012 tuve el privilegio de ser seleccionada para representar a Colombia en el Grupo de Intercambio de Estudios (IGE), un programa cultural y profesional auspiciado por Rotary International. Lo que comenzó como una oportunidad académica terminó convirtiéndose en una de las experiencias más transformadoras de mi vida.
Una puerta inesperada
Fui postulada por mi tío, Luis Nicolás Díaz Granados, un rotario activo cuyo apoyo y guía abrieron el camino para mí. Cada año el Distrito Rotario 4270 de Colombia se hermanaba con un distrito internacional para enviar jóvenes profesionales a vivir una experiencia de intercambio. Ese año, gracias a la generosidad del Rotary Club de Magnolia, Arkansas (Distrito 6170), cinco colombianos fuimos seleccionados para viajar a Estados Unidos.
Desde el inicio, el proceso fue transparente y exigente. Cumplía con los requisitos como experiencia profesional, dominio del inglés y disposición para representar a mi país y después de varias etapas de evaluación, fui elegida con orgullo. Nuestro equipo fue liderado por Dora Mejía, con la coordinación de Luis Alejandro Ortiz Petro y el apoyo del gobernador Adolfo Jaller Caballero.
Un viaje de amistad y aprendizaje
Durante un mes recorrimos varias ciudades de Arkansas —Little Rock, Hot Springs, Prescott y Russellville— hospedándonos con familias Rotarias que nos recibieron como si fuéramos parte de ellas. Cada día combinaba visitas profesionales, encuentros culturales y actividades comunitarias. En cada experiencia comprobábamos que los valores de Rotary —dar de sí antes de pensar en sí— no eran solo un lema, sino una forma de vida.
Entre tantas personas maravillosas que conocí, hubo una que marcó mi vida: Pamela Alba. Ella y su esposo me hospedaron unos días y desde entonces se convirtió en mi “madre americana”. Pamela no tenía hijos, pero me adoptó como si lo fuera. Más de diez años después seguimos en contacto; ha enviado regalos para cada uno de mis tres hijos y continúa presente con su cariño. Me enseñó que la familia también puede encontrarse lejos de casa y que el amor no conoce fronteras.
Un nuevo comienzo
Aunque el programa exigía regresar a Colombia, mi tiempo en Estados Unidos despertó un deseo profundo de construir allí mi futuro. Durante el intercambio visité universidades en Nueva York y decidí quedarme para perseguir mis sueños profesionales.
Con el apoyo y la inspiración de mis mentores rotarios, tomé una decisión que cambió el rumbo de mi vida. Quince años después, vivo en Greenwich, Connecticut, junto a mi esposo y nuestros tres hijos. Desarrollé una carrera en finanzas e investor relations y pude traer a mis padres y a una de mis hermanas a vivir también en este país. Todo empezó con una oportunidad que Rotary puso en mi camino.
El poder transformador del servicio
El Grupo IGE fue mucho más que una beca: fue un puente. Me conectó con otras culturas, me permitió crecer profesionalmente y me regaló amistades para toda la vida. Descubrí que el impacto verdadero ocurre cuando las personas se ayudan unas a otras sin esperar nada a cambio.
Los voluntarios, anfitriones y coordinadores —personas como Dora Mejía, Luis Alejandro Ortiz Petro y mi tío Luis Nicolás Díaz Granados— no solo organizaron un viaje: transformaron vidas. Cada uno de ellos sembró en mí el deseo de servir, de compartir y de abrir puertas para otros, tal como ellos hicieron conmigo.
Devolver lo recibido
Hoy, ya establecida en Estados Unidos, tengo el firme propósito de unirme al Club Rotario de Greenwich, Connecticut, para devolver un poco de lo que recibí. Rotary me dio mucho más que una oportunidad: me dio una familia, esperanza y la certeza de que la bondad aún mueve al mundo.
Quiero que mi historia sirva como un agradecimiento a todos los Rotarios que dedican su tiempo, sus recursos y su corazón a apoyar a jóvenes profesionales. Tal vez no siempre vean el alcance de su impacto, pero créanme: puede transformar generaciones, cruzar fronteras y cambiar destinos.