Por: Marianne Sophia Pacheco Solís - Intercambista 2025 – 2026 - Club Rotario de Ibagué
Soy Marianne Sophia, outbound colombiana del Distrito 4281, y en este preciso momento estoy escribiendo desde mi habitación en París, con el cielo gris típico de aquí y el aroma a pan recién horneado que se cuela por la ventana. ¡Sí, señores! Estoy viviendo mi año de intercambio en Francia, justo en la hermosa y mágica ciudad de París. Todavía me pellizco para creerlo.
Desde que me postulé al programa de Rotary Youth Exchange, París era mi sueño grande: ver la Torre Eiffel de cerquita, caminar por el Sena, comerme un croissant que se deshaga en la boca y ahora lo vivo todos los días. Me despierto, abro la ventana, miro hacia afuera y digo: “¡No puede ser, esto es real!”. Luego agarro la mochila, corro al lycée (porque los franceses son puntuales y yo todavía llego con mis “cinco minuticos” colombianos, y el día se convierte en pura aventura.
Llegué sin saber nada de francés, únicamente: “bonjour”, “merci”, “au revoir” y cómo pedir un café sin temblar. Punto. El primer mes fue duro, ¿eh? Nadie hablaba español y cuando me intentaban hablar en inglés, quedaba igual de perdida que con el francés. Malentendidos por todos lados, caras de “¿qué dice esta niña?”, y yo sonriendo como si entendiera todo. Pero con paciencia, con ganas y con mucha ayuda mía, de mi familia anfitriona y amigos, fui avanzando. Hoy en día converso con mi familia anfitriona sobre lo que sea, discuto con mis compañeros cuál es el mejor lugar para un kebab, y hasta suelto bromitas en francés… ¡y a veces hasta se ríen de verdad! Hablar francés con fluidez es una de las cosas que más orgullo me da, de verdad. Me siento como si hubiera ganado una medalla olímpica personal.
Y lo más lindo de todo ha sido la gente. Tengo amigos franceses de mil sabores y nacionalidades, intercambistas que son mis cómplices de locuras… Juntos hemos hecho de todo: nos hemos perdido (a propósito) en el Louvre, hemos subido al Sacré-Coeur sudando la gota gorda y luego nos hemos quedado mirando el atardecer como en película romántica. Hemos comido crepes y chocolate caliente a cualquier hora
Mis amigos franceses me han enseñado a valorar las cosas sencillas: sentarse en una banca a ver pasar el mundo, disfrutar un buen fromage y caminar sin afán.
Y yo les he mostrado el alma colombiana, les he hecho probar de nuestra deliciosa comida, les he enseñado a mover las caderas, aunque digan “ay no, yo no sé bailar” (mentira, al final todos terminan bailando conmigo), y les he explicado por qué en Colombia una fiesta empieza cuando supuestamente ya se acabó.
Mi familia anfitriona es un amor de personas. Me recibieron con los brazos abiertos y desde el primer día me han hecho sentir en casa. Hemos tenido cenas que duran horas (y eso que no es festivo), hemos hecho viajes cortos por pueblitos franceses, hemos celebrado cumpleaños con torta y velitas, y hasta hemos bailado salsa en la sala porque yo insistí y ellos se animaron con toda la vibra.
Ellos han aprendido un montón de Colombia: nuestras costumbres, por qué gritamos cuando estamos contentos, cómo se arma un buen sancocho (bueno, les conté con lujo de detalles, aunque cocinarlo aquí sea otro nivel jajajajaj), y yo he aprendido de ellos a ser un poquito más organizada y puntual o al menos a intentarlo con ganas.
Este intercambio me ha cambiado por completo, y para bien. Me siento más independiente, (ya no me pierdo en la ciudad), más abierta a todo lo diferente, más fuerte para enfrentar retos (adaptarme a la puntualidad francesa ha sido mi examen de resistencia más duro), y sobre todo he entendido que conectar con personas de otros países es de lo más bonito que hay en la vida. Rotary no solo me trajo a París… me abrió los ojos al mundo entero y me hizo creer que los sueños grandes, con esfuerzo y fe, sí se pueden cumplir.