Por: Daniela Monzón - Club Rotaract Cúcuta lll
Llegar a un nuevo país es, al principio, como vivir dentro de un sueño: todo sorprende, todo maravilla y cada calle parece una promesa. Pero cuando la emoción inicial se calma, aparece una verdad inevitable: estar lejos de casa. Extrañar a la familia, a los amigos, los lugares que te conocen… crea silencios difíciles. Hubo días en los que, aun rodeada de gente, me sentí completamente sola.
Pero entonces apareció algo que no esperaba: Rotaract Torreón. Desde la primera semana, sin preguntar demasiado y sin conocerme realmente, me ofrecieron algo invaluable:
compañía genuina. Me mostraron la belleza de México desde el corazón, no desde las guías turísticas. Me llevaron a lugares que guardan historias, me compartieron sus gustos, sus risas, sus familias. Me abrazaron como si no fuera una extranjera, sino alguien que siempre había pertenecido allí.
Y con ellos viví una de las experiencias más significativas de mi vida: servir. Participé en una actividad con 27 adultos mayores, llevando despensas, cariño y un pedacito de Colombia. Les enseñé a bailar salsa, y en medio de risas y pasos improvisados, entendí que el servicio es un lenguaje universal. Es más que dar: es regalar tiempo, presencia y amor. Es permitir que la vida toque la vida de otros.
México me transformó. Me enseñó que uno nunca está realmente solo cuando encuentra personas dispuestas a compartir su mundo. Y que el servicio, cuando nace del corazón, deja huellas que acompañan toda la vida.