SER INTERCAMBISTA

Por; Mariajose Mejía Jiménez - Intercambista Outbound 

Club Rotario de Villavicencio - Intercambista Inbound Distrito 4652 - Brasil 

 

3 maletas, un sueño y un destino. Esta es la manera en que definiría cómo comienza la aventura de “ser” intercambista. Pero, ¿realmente todo empieza cuando embarcamos en un avión para comenzar una nueva vida? ¿Qué significa, en realidad, “ser” intercambista?


Ser intercambista es mucho más que mudarse de país. Es reinventarse, adaptarse, cuestionarse y crecer. Es aprender a decir “hola” en otro idioma, pero también a despedirse con lágrimas en los ojos. Es extrañar sabores, olores y abrazos, mientras te enamoras de nuevas formas de vivir. Durante un intercambio, cada día trae un pequeño reto: entender un acento, acostumbrarse a nuevos horarios, a costumbres que al principio parecen extrañas y que, poco a poco, se vuelven parte de ti. Es ese momento en que te das cuenta de que te pierdes menos en las calles, pero te encuentras más a ti misma. También es enfrentar la soledad y transformarla en fortaleza. Es llorar de nostalgia un día y reír a carcajadas al siguiente. Es tener dos casas, dos culturas, dos versiones de ti misma que coexisten en una sola identidad: la de alguien que se atrevió a cruzar fronteras —no solo geográficas, sino personales.


Si pudiera hablar con la Mariajose de hace cinco años, seguramente no me creería. No me creería que conocí una organización que nos dio una oportunidad maravillosa: pertenecer a una familia global donde compartes amor, valores y, sobre todo, lazos que marcarán tu vida para siempre. Rotary me dio la oportunidad de representar no solo a mi país, sino también a mi club y, especialmente, a mi familia en esta maravillosa experiencia de ser intercambista.


Brasil puede ser solo un destino turístico para muchos, pero para mí es mi segundo hogar. Es el país que me permitió vivir experiencias que nunca imaginé, rodearme de personas que eran desconocidas y que, con su cariño, se transformaron en familia. Es el lugar donde encontré amistades con otros rostros, acentos, colores y formas de pensar diferentes y que aun así se convirtieron en hermanos del alma. Ser intercambista también es aprender a celebrar lo simple: un atardecer que te recuerda tu ciudad, una comida que te sabe a hogar, una canción que te une a alguien sin compartir la misma lengua. Es adaptarte a una nueva rutina, a nuevas reglas, a otros ritmos de vida, y entender que el cambio no es algo que temer, sino algo que abrazar.


Tu mundo se expande. Tu manera de ver la vida cambia. Y de alguna forma, tú también cambias un poquito el mundo, porque lo enriqueces con lo que viviste, con lo que aprendiste y con lo que ahora puedes compartir. Ser intercambista es una experiencia que todos deberían vivir al menos una vez en la vida. Es un salto al vacío que te enseña a volar. Es una escuela de emociones, aprendizajes, errores, descubrimientos, encuentros y despedidas. No se trata solo de estudiar en otro país, sino de abrir el corazón a lo desconocido y permitir que te transforme desde adentro. Es una decisión valiente que te regala una nueva versión de ti misma, más fuerte, más sensible y más humana.


En el camino, también aprendes a reconocer tus miedos. Te das cuenta de lo valiente que eres por salir de tu zona de confort, por enfrentarte a la incertidumbre y aun así elegir quedarte. Aprendes que no todo será perfecto, pero que incluso lo difícil se convierte en parte de tu historia. No podría estar más agradecida por los maravillosos diez meses que ya pasaron. Sé que esta experiencia es única e imborrable, una etapa que guardo en lo más profundo de mi corazón.


Y es que nadie te prepara del todo para ser intercambista. Por más charlas, consejos o historias que escuches antes de partir, cada experiencia es profundamente personal. Lo que sí es seguro es que regresas siendo otra persona. Vuelves con una maleta llena de recuerdos, sí, pero también con el alma más libre, más abierta y más agradecida.


Ser intercambista no termina cuando vuelves a casa; ser intercambista es para siempre. Porque hay experiencias que no se empacan en una maleta, ni se olvidan con el tiempo. Se quedan contigo, hablándote en otros idiomas, abrazándote en la distancia y recordándote cada día que fuiste valiente. Al final, entiendes que el mundo ya no es tan grande, que las fronteras se vuelven puentes y que, sin importar a dónde vayas, siempre habrá un lugar donde te esperan con los brazos abiertos. Porque haber sido intercambista no solo cambia tu historia… te cambia para siempre.

PARTICIPE Y COMENTE ESTA PUBLICACIÓN