UNA PARTE DE MÍ SE QUEDARÁ EN COLOMBIA.

Por; Angelina Specque del distrito 1520 de Francia, actualmente en Soatá - Estudiante de intercambio 2024-2025

 

Cuando llegué a Colombia, me invadió una mezcla de emoción, curiosidad y un vértigo inmenso. Llevaba un año preparándome para vivir esta experiencia, soñando con este momento. Sin embargo, una vez allí, tuve que enfrentar la realidad: todo lo que conocía había desaparecido. Mi familia, mis amigos, mis puntos de referencia, mi rutina diaria… En un vuelo transatlántico, lo había dejado todo atrás.


Me encontraba en un país donde no conocía a nadie, donde el idioma me resultaba desconocido, donde los olores, los sabores, los sonidos, las casas, incluso las sonrisas… todo era diferente. Y sin embargo, en el aeropuerto, en los brazos de mi familia anfitriona, algo me tranquilizó. Aún no lo sabía, pero esas caras desconocidas se convertirían en uno de mis mayores pilares.


Vivir una inmersión así es aceptar desaprender para volver a aprender. Es una forma de fragilidad que te hace humilde. Poco a poco, aprendí a adaptarme, a escuchar, a atreverme, a crear vínculos. Descubrí una cultura de una riqueza inigualable, paisajes impresionantes, tradiciones poderosas y, sobre todo, un pueblo increíblemente cálido, accesible y humano.


Aquí, en este pequeño pueblo enclavado en las montañas colombianas, aprendí a vivir de manera diferente. Estaba acostumbrada a las grandes ciudades, al ruido, al ritmo rápido. Hoy, me despierto con el canto del gallo, me cruzo con vacas al caminar por los senderos, hablo con desconocidos como si fueran parte de mi familia. Participo en las fiestas locales, bailo, cocino, vivo. Hay en esta vida un regreso a lo esencial que me tranquiliza profundamente. Y hay que admitirlo: Colombia también cambió completamente mi relación con el tiempo. Antes, siempre estaba apurada, obsesionada con la puntualidad. Hoy, si salgo con quince minutos de retraso, considero que estoy adelantada. ¡Y lo llevo muy bien!


Por supuesto, no todo ha sido fácil. Hubo momentos de soledad, de duda, de nostalgia también. A veces, extrañaba mi antigua habitación, el sabor de un buen queso francés o un simple abrazo de mis padres o de mis hermanos. Pero esas ausencias forman parte del proceso. Me ayudaron a crecer, a recentrarme, a comprender mejor lo que realmente importa.


Lo que este año me enseñó es que uno nunca sale indemne de un intercambio cultural. Ya no soy la misma persona que hace diez meses. He cambiado. Profundamente. Aprendí a abrirme, a no tener miedo de acercarme a los demás, a ver la belleza en las diferencias. Comprendí que cada encuentro, incluso breve, puede transformarnos.

Hoy, la idea del regreso me conmueve. Dejar esta vida que construí aquí, estos lazos, estos paisajes, este idioma que ahora hablo con cariño… me parece irreal. Tengo miedo, por supuesto, de no sentirme en mi lugar donde todo continuó sin mí. Pero en el fondo, siento sobre todo un inmenso orgullo. El de haber tenido el coraje de partir, de haberme atrevido a lo desconocido y de haber salido más fuerte, más abierta, más viva.


Quiero agradecer de todo corazón al Rotary. Si este año fue posible, es gracias a ustedes. Ofrecen a jóvenes de todo el mundo mucho más que un simple viaje: les dan la oportunidad de descubrirse, de florecer, de crecer en contacto con los demás. Es un regalo invaluable que nunca olvidaré.


También agradezco a mi familia anfitriona, que me acogió con una generosidad y un amor que nunca habría imaginado. Gracias a ellos, encontré un segundo hogar, otra definición de la palabra “familia”. Espero que nuestro vínculo dure toda la vida.


El regreso se acerca. Y aunque me duele el corazón al pensar en partir, me voy más rica que nunca.

Así que, a quienes dudan, a quienes tienen miedo, a quienes vacilan: Atrévanse. Atrévanse a partir, a perderse, a abrirse, a amar, a caer, a levantarse. Porque lo que se encuentra al lanzarse a lo desconocido siempre vale infinitamente más que lo que se deja atrás.

PARTICIPE Y COMENTE ESTA PUBLICACIÓN