Por: Alejandra Bello
Aún recuerdo con alegría y nostalgia el nudo en el estómago que sentí la noche antes de viajar, recuerdo estar sentada en el piso de mi cuarto con tres maletas abiertas llenas de ropa, regalos y objetos que yo creía que me harían sentir en casa, o por lo menos me harían sentir que tenía un pedacito de mi hogar conmigo. Contemplando las maletas, más vacías que llenas, uno siente emoción, miedo y nada al mismo tiempo, porque es difícil creer, y mucho más imaginar todo lo que está por pasar.
Luego de creer convencerme a mí misma de que vería a mis padres al día siguiente y aceptar el hecho de que llegaría a un lugar donde no solo no conocía a nadie, sino que además no entendía el idioma que esos extraños hablaban, bajé de un vuelo de 10 horas para encontrarme un letrero gigante con mi nombre, nuestra hermosa bandera tricolor y 5 pares de ansiosos ojos azules buscando mis aterrados ojos cafés.
Por más traumática que suene esta historia, la repetiría mil veces y luego mil veces más, porque ese miedo inicial me enseñó a no dar nada por sentado, esos 5 extraños que me recibieron en su casa me enseñaron que la familia no solo es de sangre, y que tus personas favoritas pueden vivir del otro lado del océano, aunque tú no lo sepas. Mis profesores no solo me enseñaron historia, geografía y francés, sino que además me enseñaron que vale la pena esforzarse sin importar la circunstancia, a ser creativa, recursiva y perseverante. Los intercambistas me enseñaron a poner límites, a escoger a los verdaderos amigos y a cuidar las relaciones. Bélgica me enseñó a no salir de la casa sin chaqueta, a lo que saben realmente las papas fritas, a valorar las virtudes de mi país, de mi cultura y me convirtió en una persona más responsable, segura, autónoma y en una nueva versión de mí. Por último, Rotary me enseñó que el mundo es más pequeño de lo que parece y que la buena voluntad y la vocación por servir traspasan fronteras.
Luego de volver y mirar en retrospectiva, puedo ver que tenían razón aquellos que decían que “los momentos más difíciles son de los que más se aprende”, al igual que aquellos que afirmaban que el intercambio de Rotary les había cambiado la vida. Casi tres años después, puedo asegurar que el intercambio te libera, te permite descubrir un nuevo lugar, una nueva cultura, muchas veces un nuevo idioma, además, te permite descubrir quién eres o quién quieres llegar a ser y te llena de herramientas para afrontar el mundo adulto con una nueva visión global y cosmopolita.
Nunca dejaré de agradecer a mis padres por permitirme vivir aquella experiencia, a la que muchos jóvenes no tienen la fortuna de acceder. Y no habrá palabras suficientes para agradecer, también, a toda la red de personas involucradas en cada día de esos 11 meses, que realmente se sintieron como una vida entera. Es por esto que, en un intento de retribuir a la organización, ahora hago parte de Rotex 4281, donde buscamos que otros jóvenes de todo el mundo vivan la experiencia del intercambio y no solo la aprovechen al máximo, sino que la disfruten de forma segura y enriquecedora, para convertirse en personas íntegras y en ciudadanos del mundo.