Por: Madeleine Lucie Lignon - Distrito 1700, Francia
Aún recuerdo el miedo y la incertidumbre que tenía cuando aterricé en Colombia hace casi diez meses. Como joven francesa de 16 años, hacer un intercambio cultural siempre había sido mi gran sueño. Quería descubrir un mundo nuevo, aprender otro idioma y conocer una cultura diferente. Sabía que mi destino ideal estaba en Latinoamérica, pero fue el azar (o quizás el propio destino) el que puso a Colombia en mi camino. Hoy, con el corazón lleno de recuerdos y de aprendizajes, puedo afirmar que aceptar este reto ha sido la mejor decisión de mi vida.
Durante este año, mi hogar fue Barrancabermeja, en el departamento de Santander. Llegar a un país donde no conoces nada, no hablas el idioma y no conoces a nadie, no fue fácil y requirió una gran capacidad de adaptación, especialmente viniendo de una cultura europea un poco más fría y directa. Al principio, las diferencias culturales se hicieron notar, desde costumbres curiosas como ponerle queso a todo, incluso a las frutas, hasta la sutil forma de comunicarse de los colombianos, donde un “ahorita miramos” es la manera más dulce de decir un “no”.
A pesar de estos choques iniciales, lo que hizo que este viaje fuera verdaderamente genial y rico en experiencias, felicidad y risas fue su gente. Mis familias anfitrionas se convirtieron en mi verdadero hogar. Me acogieron como a una hija, me integraron en tradiciones tan hermosas como la noche de las velitas, y tuvieron una paciencia infinita para enseñarme español cuando no hablaba ni una sola palabra. Con mi mamá colombiana compartí horas de complicidad, construyendo un lazo que la distancia nunca podrá borrar. Ellos, junto a todas las amistades que creé aquí, se convirtieron en mi refugio y en mi alegría diaria.
Y es que un intercambio no es simplemente fácil o difícil; es una montaña rusa donde siempre estás cambiando de emociones. Sin embargo, ha sido lo mejor que pudo haberme pasado. No solo transformó mis costumbres o mi rutina cotidiana, sino que cambió por completo mi manera de ver el mundo. Me hizo crecer tanto que ya no me parezco a la persona que era cuando me fui de Francia.
Para mí, ese es el verdadero valor de esta experiencia: más allá de los paisajes que visitas, el intercambio te transforma desde adentro para siempre. Por eso, cuando pienso que en menos de un mes regreso a Francia, se me hace un nudo en la garganta; me cuesta aceptar que ha llegado el momento de despedirme de esta vida que construí aquí. Voy a extrañar la música en cada esquina, el reggaetón, la salsa, los dichos graciosos y la calidez de su gente, pero sé que una parte de mí se queda aquí para siempre. Colombia ya no es solo un destino en el mapa; es el lugar donde aprendí a ser yo misma.
No quiero terminar esta experiencia sin agradecer profundamente a mis padres en Francia, por haberme dado el apoyo y la oportunidad de vivir este sueño. Gracias infinitas también a mis familias y amigos en Colombia por abrirme sus brazos y sus corazones. Y por último, gracias a Rotary International, quienes a través del programa de intercambio y de las personas que lo manejan, me demostraron el valor de su lema: “Dar de sí antes de pensar en sí”, cambiando mi vida para siempre.