Por: Sara Ayadith Barrientos Hurtado - Vicepresidenta Club Rotaract Nuevo Medellín
Hay territorios donde el silencio guarda historias difíciles de nombrar. La vereda la Unión del corregimiento de San José de Apartadó es uno de ellos; una comunidad atravesada por las cicatrices del conflicto armado, pero también sostenida por la dignidad, la resistencia y re-existencia de quienes continúan habitando y construyendo vida en medio de las dificultades. Allí, nació la necesidad de llegar con algo más que actividades recreativas; surgió el deseo de acompañar, escuchar y recordarles a los niños y a sus familias que no están solos.
Con esa convicción, como Club Rotaract Nuevo Medellín llevamos a cabo nuestra JIRAFA (Jornada Infantil Rotaract Fomentando la Alegría), una iniciativa que buscó transformar, aunque fuera por un instante, las rutinas marcadas por la ausencia de oportunidades y la limitada presencia institucional. El camino para llegar también fue parte de la experiencia, tres horas atravesando ríos, montañas, naturaleza y caminos que parecían contar sus propias historias. Entre caballos, risas y conversaciones, comprendimos que servir también significa estar dispuestos a encontrarnos con el otro desde su realidad y su territorio.
Durante la jornada compartimos actividades recreativas, espacios de integración y jornadas de salud visual, que abrieron nuevas posibilidades para el encuentro, el cuidado y la creatividad comunitaria. Sin embargo, uno de los mayores retos que asumimos fue llevar un nuevo deporte a la escuela de la vereda. Debido a las limitaciones y al poco acceso a recursos, los niños únicamente tenían la posibilidad de practicar fútbol. Por ello, nos propusimos introducir el voleibol como una alternativa de encuentro, participación y construcción colectiva. Dotamos la escuela con toda la implementación deportiva necesaria para diferentes edades como balones, mallas y materiales que hoy permiten que niños, niñas, jóvenes y la comunidad en general puedan apropiarse de este nuevo espacio deportivo.
Más que entregar elementos, sembramos la posibilidad de nuevas experiencias, aprendizajes y formas de compartir.
Más allá de la actividad en sí, lo verdaderamente importante fue el vínculo humano que se construyó. Cada sonrisa, cada gesto de gratitud y cada conversación nos recordó que la presencia también es una forma de cuidado. El impacto de JIRAFA no puede medirse únicamente en cifras. Se encuentra en la alegría de los niños al descubrir nuevas experiencias, en las familias que agradecieron ser escuchadas y en la esperanza que se fortalece cuando alguien decide llegar a un lugar históricamente olvidado. La jornada dejó una huella comunitaria al reafirmar que estos territorios no deben ser vistos desde la marginalidad, sino desde su enorme capacidad de resistencia y humanidad.
El impacto de JIRAFA permanece en las sonrisas de los niños al descubrir algo nuevo, en la gratitud de las familias al sentirse acompañadas y en la esperanza que renace cuando una comunidad siente que no ha sido olvidada. Allí, comprendimos que el verdadero servicio transforma no sólo espacios, sino también la manera en que las personas vuelven a mirar el futuro.