Por: Juan Camilo Barrero González
Viajar es abrir la mente, es derribar fronteras y construir puentes de amistad. Mi nombre es Juan Camilo Barrero González, tengo 16 años y tuve la oportunidad de embarcarme en una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida: un intercambio corto en Rio Negrinho, estado de Santa Catarina, Brasil. Gracias a mi club patrocinador, el Club Rotario Nuevo Ibagué del Distrito 4281, pude vivir una aventura de 45 días que transformó mi manera de ver el mundo.
Todo comenzó el 25 de noviembre. Con el corazón acelerado y la maleta llena de sueños, me despedí de mi familia y abordé mi vuelo con destino a Brasil. Sin embargo, al llegar a São Paulo, me enfrenté a mi primer desafío: no dominaba el portugués y debía recoger mi equipaje y hacer la conexión a Curitiba. La incertidumbre me invadió, pero recordé el consejo de mi padre: buscar a alguien con mi mismo destino. Y así fue como, en el avión, encontré a una persona que, con gestos y sonrisas, me ayudó en cada paso del camino. Fue mi primer aprendizaje del viaje: la bondad trasciende las palabras.
En el aeropuerto de Curitiba me esperaban mis padres anfitriones, Haroldo y Casciane, junto a mi hermana Fernanda y mi sobrino Teo. Desde el primer momento, me hicieron sentir parte de su familia. La calidez con la que me recibieron me hizo olvidar cualquier temor.
Nuestra primera parada fue el estadio del Athletico Paranaense, donde me regalaron una camiseta personalizada con mi apodo “Juank” y el número 8. Luego, viajamos a Rio Negrinho, una ciudad encantadora de 40.000 habitantes, rodeada de zonas verdes y gente maravillosa. Esa noche, en un churrasco con amigos de la iglesia de mi hermano Mateus, comprendí que Brasil no solo me abría las puertas de su cultura, sino también de su gente. Cada día en Brasil fue una oportunidad para aprender algo nuevo. En la cafetería de mi familia anfitriona, Cedro Rosa, perfeccioné mi portugués ayudando en las labores diarias. En el colegio de Mateus, conocí a jóvenes increíbles que me integraron con entusiasmo. Y en cada partido de fútbol, gimnasio y comida compartida, forjé amistades que sé que durarán para siempre.
Rotary también fue parte fundamental de esta aventura. Asistí a una reunión del Club Rotario de Rio Negrinho, Distrito 4652, donde compartí sobre mi país y los proyectos de mi club. Allí descubrí que el grupo rotario tiene un banco de sillas de ruedas y participa activamente en diversas acciones sociales en beneficio de la comunidad. También supe que recaudan fondos de manera creativa, como en la venta de polenta com galinha y la venta de panetones en Navidad (panetones no Natal). La calidez de los rotarios brasileños reafirmó mi convicción de que Rotary es una familia global comprometida con el servicio y la hermandad.
Desde asistir a una competencia de velocross y conocer nuevas tradiciones, hasta acampar en familia, hacer esquí acuático en Año Nuevo y compartir cenas navideñas, cada momento en Brasil fue un regalo. Nunca olvidaré la emoción de estar en el estadio Arena da Baixada viendo un partido del Athletico Paranaense o la sorpresa de recibir un par de guayos como obsequio de mis padres anfitriones. Eran detalles que hablaban de amor y conexión. La noche de Año Nuevo fue mágica. Rodeado de mi familia anfitriona y amigos, celebramos con risas, abrazos y fuegos artificiales sobre la represa. En ese instante, comprendí que el mundo es mucho más pequeño de lo que parece cuando encontramos corazones dispuestos a abrirse y compartir.
Llegó el día de regresar. Con el alma llena de gratitud, me despedí de mi familia brasileña entre abrazos y lágrimas, prometiendo que este no sería un adiós, sino un hasta pronto. Al llegar a Colombia, mi familia me esperaba con carteles y sonrisas, y en ese momento entendí que, aunque había vuelto a casa, una parte de mí siempre pertenecerá a Brasil. Esta experiencia me enseñó que los intercambios no solo te llevan a otro país, te transforman desde dentro. Gracias a Rotary:
• Adquirí habilidades de liderazgo que me servirán toda la vida. • Aprendí un nuevo idioma y me sumergí en una cultura fascinante. • Forjé amistades que traspasan fronteras. • Me convertí en un ciudadano del mundo.
A todos los jóvenes que sueñan con conocer otras culturas, crecer como personas y vivir experiencias inolvidables, les digo: ¡atrévanse! Un intercambio con Rotary no es solo un viaje, es una puerta a un mundo lleno de oportunidades.
Gracias, Rotary, por regalarme la aventura de mi vida.